Los cuentos que nos sobreviven: reflexiones 7/25
Mi madre falleció el mes pasado. Acababa de cumplir noventa y siete años, así que no puedo decir que me haya sorprendido. Se fue apagando poco a poco tras fracturarse el brazo en marzo del 2025, preparándonos para su partida, por si acaso su avanzada edad no fuera suficiente. Claro que yo sabía que estaba a punto de partir, sobre todo los dos meses previos a su muerte, cuando la ingresaron por sepsis y neumonía. Mentalmente, yo comprendía que era cuestión de semanas, si no de días, pero en un plano visceral, su muerte me impactó.
Hay momentos en la vida que esperamos experimentar, entre ellos el matrimonio, el nacimiento de un hijo y la muerte de un padre. Pero incluso cuando estos momentos ocurren después de una planificación meticulosa, los afrontamos con incredulidad. De hecho, los días felices de bodas y nacimientos también traen consigo una sensación de pérdida: pérdida de la libertad, pérdida de uno mismo. Nuestras vidas cambian de maneras inimaginables. A partir de ese día, todo será «ahora», y el tiempo antes será «en aquel entonces». La persona al borde de este cambio desaparecerá, reemplazada por un extraño que navegará por el mundo con otros ojos. Lloro a mi madre, sí, pero también lloro a la persona que yo era cuando tenía madre. Ya no soy hija de nadie. La hija murió con ella. Aunque yo ya tengo sesenta y tantos años, sigo necesitando a mi madre. Ella me veía como soy ahora y también como fui en cada etapa de mi vida. Nadie más me verá jamás con tanta claridad.
No es casualidad que yo haya decidido publicar Yaminalina este verano, tan poco tiempo después de la muerte de mi madre. He estado escribiendo y reescribiendo, posponiendo este día por miedo al fracaso. Ahora me doy cuenta de lo limitado que es mi tiempo; no tengo nada que perder.
No me arrepiento de que mi madre no vea mi libro publicado. No habría significado mucho para ella. Era demasiado práctica para comprender la dedicación de tanto esfuerzo en un proyecto de esta magnitud. Mami solo estudió hasta sexto grado, y leyó poco a lo largo de su vida: cartas ocasionales