Poesía y tragedia

Mi padre cortejó a mi madre en el verano de 1959, unos meses después de lo que los comunistas llamarían «El triunfo de la revolución». Se casaron medio año después. A partir de ese momento, todo en su vida en común fue teñido por la política de la época.

«El ajuar de mi madre» alude a ese tiempo de transición: el antes y el después. En el antes, las mujeres se preparaban para el matrimonio reuniendo prendas de vestir, accesorios y ropa blanca —el ajuar— para llevar a las casas de sus maridos como símbolos visibles de su cambio de estatus. (Los hombres no se sometían a este rito, ya que sus vidas eran más bien un continuo, marcado, pero no definido, por el matrimonio y los hijos).

Ella creía que siempre se seguirían las antiguas tradiciones. Mi padre tuvo que pedirle la mano a su madre viuda, y eso fue todo lo que Mami le dio hasta la noche de la boda (de ahí el breve noviazgo). La visitaba en su casa y a veces la acompañaba al parque, con una chaperona siempre a la vista. Le compró un anillo y le dio dinero para el ajuar. Ella fue a La Habana a comprarlo, y allí se dio cuenta de que nada volvería a ser como antes.

El buque mercante francés La Coubre fue bombardeado en la Bahía de La Habana el 4 de marzo de 1960 mientras intentaba descargar 76 toneladas de granadas y municiones. Mami me hizo este  cuento muchas veces. Describía cómo los zapatos rebotaban en las vitrinas mientras los cristales estallaban por todas partes, y cómo los brazos y las piernas se desprendían del camión que transportaba a las víctimas. Ella nunca olvidó estas horribles escenas.

Mami se casó dos semanas después del atentado, frente a un juez en su casa. Habría preferido una boda católica, pero las iglesias también eran blanco de ataques terroristas, y no quiso correr más riesgos. Mi padre había comprado un terreno para construirle una casa, que nunca terminó, primero porque no había cemento, y luego porque no había propiedad (ésta fue confiscada por el gobierno comunista). Mami tuvo que vivir con la familia de mi padre en la ciudad de Matanzas después de la boda. Al inicio, solo eran los padres y dos hermanos solteros, hasta que ellos también se casaron y la casa se llenó de mujeres y niños. Para colmo, nadie podía encontrar una vivienda alternativa sin la aprobación del gobierno. Y ninguno de los hermanos juraba lealtad a Fidel.

Mi padre salvó a su familia de las restricciones del comunismo. En el 1967, nos trajo a mi madre y a mí a Estados Unidos. Pocos años después, sus hermanos y sus padres lo siguieron.

Aquí, mi madre intentó continuar con las costumbres de un país que ya no existía. Me protegía celosamente (aunque yo me tenía que cuidar sola cuando ella y mi padre se iban a trabajar). Los fines de semana, yo no salía sin mi familia, especialmente a ningún lugar donde pudiera haber hombres. Me permitió un novio después que cumplí los quince (el muchacho tuvo que pedir mi mano, establecer días y horarios de visita y verme solo en casa bajo la atenta mirada de mis padres).

Cuando cumplí la mayoría de edad, Mami ya no pudo seguir imponiéndome sus reglas de cortejo. Yo tenía dos opciones para escapar de ellas: rebelarme o casarme joven. Me rebelé. Era otro mundo. Incluso Cuba tuvo su revolución sexual poco después de la otra. No quedaba ningún punto de referencia, ninguna patria a la que regresar. El ominoso comienzo de su matrimonio —esa interrupción del viaje de su ajuar— marcó el fin de una era. Desde entonces, Mami siempre estuvo un poco perdida.